¿A qué me refiero? Sí. Querernos. Amarnos siempre. No podemos cambiar el mundo, si no nos cambiamos a nosotros mismos. Porque el mundo somos nosotros. Cada uno. Cambia cada uno, y el mundo cambia. Si yo soy feliz, el mundo es feliz. ¿Qué es amarnos?
El primer lugar reconocer tus éxitos. Los seres humanos generalmente ponemos más atención en los acontecimientos negativos que nos rodean que en los positivos. Basta sólo ver cinco minutos de cualquier telediario y difícilmente encontrarás algo emocionalmente beneficioso. Lo mismo sucede hacia nosotros mismos. Nos castigamos constantemente por las derrotas obtenidas, más que por los éxitos conseguidos o superados: haber estudiado a conciencia para un examen, mis quehaceres diarios de padre, madre, hijo, hermano..., ser responsable en mi trabajo profesionalmente sin dejar chapuzas en el camino, etc. Sí, eso de cada día, bien realizado. Eso que me deja molido al llegar a la cama.
En segundo lugar, premiarte. ¿Por qué no premiarte? Ahí está lo maravilloso: hacer de lo ordinario, algo extraordinario. Están en juego tus sentimientos, tus emociones, tu pasión. Disfrutar de lo que haces en cada momento. Y aquello que llega algo más amargo, buscarle la buena cara. La serotonina, es decir, la sustancia cerebral que interviene en la felicidad, aumenta. ¿Cómo? Muy sencillo. Prémiate con aquellos caprichos que estén a tu alcance: la música que te gusta, la lectura que te evade, un vaso de refresco, un paseo al aire libre sólo o en buena compañía, una película que te gusta, un momento de silencio, un descanso... lo que sea. Lo importante es que tu esfuerzo lo veas premiado tú. No esperes que nadie te lo valore, si tú no te lo recompensas primero.